El éxito de la moderación

Santi Urdiales es el arquitecto de un equipo con las ideas muy claras y experto en sobreponerse a las adversidades

Urdiales es un apellido que todos los aficionados al deporte asocian al balonmano. Santiago, el segundo más pequeño de seis hermanos, comenzó a jugar a este deporte por uno de ellos, Alberto, una de las leyendas de este deporte en España. Santander, su ciudad natal, más allá de los vaivenes económicos, siempre ha sido uno de esos lugares con gusto por el buen balonmano. Allí, en el mítico Teka, Alberto compartió vestuario y gloria con nombres como Talant Dujshebaev, ‘Jota’ Hombrados, Mateo Garralda, Yakimovich, Julián Ruiz, Chechu Fernández, Luisón García, Juan Muñoz Melo o Javier Cabanas, entre otros muchos. En ese contexto se fue forjando como jugador el pequeño Santi a las orillas del Cantábrico, junto a la playa del Sardinero, que da nombre también al campo de fútbol de la ciudad. 

Santi, que el 30 de marzo cumplió 45 años, sintió el deporte ya desde la cuna. Ulpiano, su padre, fue un magnífico futbolista que desarrolló gran parte de su carrera en Segunda División en equipos como el Racing de Santander o el Cádiz, llegando a jugar en Primera con el Granada a finales de la década de los 50. Canterano del Real Valladolid, fue un rápido y hábil extremo, posición que posteriormente ocuparían también sus hijos pero sobre otra pista, el 40×20 del balonmano.

Desde Cantabria Santi Urdiales llegó a Ciudad Real en el año 2001, en la temporada de la primera Recopa, formando parte de un grupo de jóvenes jugadores nacionales, donde también estaban Iker Romero y Carlos Prieto, y que tantas broncas se llevó en aquellos años de Juan de Dios Román.

Las lesiones truncaron su carrera deportiva, que tras Ciudad Real continuó en el Teka de Santander (dos años) Ademar (otros dos años) y San Antonio de Pamplona (tres años más). Tuvo ofertas para haber continuado su carrera en Portugal, pero los dolores en el hombro y saber que ya no podía estar al máximo nivel le convencieron, de que lo mejor era colgar las zapatillas y volver a Ciudad Real.

En la capital manchega, allá por el año 2003, había conocido a Noelia, la que ahora es su mujer, así que regresó a Ciudad Real para jugar sus últimos partidos con el Cátedra 70 de Malagón, donde también comenzó su carrera en los banquillos y desde donde llegó al Caserío, va a hacer ahora una década.

Estricto y metódico, pero sin vehemencias ni grandes aspavientos en el banquillo, su estilo de juego mezcla aportaciones de los grandes técnicos que tuvo, como Juan de Dios Román, Manolo Cadenas, Manolo Laguna o Jordi Ribera, al que siempre ha considerado su gran referente. Además, en su búsqueda de soluciones tiene muy en cuenta las opiniones del resto de integrantes de su cuerpo técnico.

Junto a su perro Coco pasa muchas horas en el campo, intentando abstraerse del balonmano. Y es que, ante todo, a Santi le gusta vivir tranquilo y fuera de los focos. Quizá por ello haya rechazado en estos últimos años importantes ofertas económicas del extranjero, pues sentía que podían no llenarle en lo personal.

La familia, el Racing de Santander y el Real Madrid son otras de sus pasiones y la música, las series y el cine completan sus aficiones. Entre sus manías, entrar en los sitios con el pie derecho y no pisar las líneas de la pista.

Siempre prudente, incluso en ocasiones con un punto de pesimismo, ha encontrado en el Balonmano Caserío su hábitat natural. Partidario del trabajo diario y de no tener prisa como la base sólida de los éxitos, ha sido uno de los grandes artífices del ascenso dentro de un proyecto que desea se mantenga a largo plazo.